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Diego Miralles, el gurú argentino de la biotecnología: “Hay que creer en la meritocracia”

En su paso por Buenos Aires, Diego Miralles ofreció una conferencia en la Fundación Argentina de Biotecnología

Dice que la vida se compone de experiencias y cuanto más variadas, mejor. Pocas personas combinan en su trayectoria haber sido médico durante la epidemia del HIV en un hospital neoyorquino del Bronx, ejecutivo de una multinacional como Jonhson & Jonhson, fundador del centro de laboratorios JLabs y CEO de varias compañías de biotecnología incluyendo una perteneciente a Flagship, el fondo de inversión clave en ese campo científico que desarrolló más de 100 empresas, entre ellas Moderna, la que elaboró la vacuna contra el Covid-19.

Diego Miralles hizo todo eso habiéndose formado como médico inmunólogo en la UBA. A fines de los 80 se radicó en Estados Unidos, donde hoy es un referente mundial en el terreno de la biotecnología.

Reside en Boston y visitó Buenos Aires para asesorar en forma desinteresada a fondos y emprendedores locales que trabajan en ese terreno, al tiempo que ofreció una charla en la Fundación Argentina de Nanotecnología, en la Unsam, organizada por Bioceres, SF500 y la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación. Y se hizo tiempo para darle una entrevista a Infobae.

— ¿Hubo un conflicto entre el científico y el hombre de negocios?

— Para mí la transición no fue tan controversial como puede parecer, fue mucho más paulatina. Porque yo estaba tratando pacientes con SIDA y fui a trabajar con compañías que seguían desarrollando drogas para el SIDA. Fue parte de la misma misión. Seguí tratando pacientes mientras trabajaba para dos compañías que desarrollaban drogas para esos pacientes. Fue una experiencia muy especial porque desarrollaba las drogas y me iba a la clínica.

— Pero en el día a día, ¿pasó de hablar de fármacos y drogas a hablar de rentabilidad y management?

— Es difícil comprenderlo para la Argentina porque aquí no hay research and development (investigación y desarrollo), que es donde yo siempre trabajé, nunca estuve en el lado comercial de la operación. Siempre trabajé en tratar de pensar cómo desarrollamos nuevas drogas. Toda mi carrera en la industria he trabajado en la investigación más que lo comercial.

“El argentino debe ser un innovador, en la Argentina los desafíos son tantos que uno tiene siempre que pensar cómo arreglárselas para que le vaya bien”

— ¿No hay un desarrollo similar en la Argentina?

— No existe. Lo que llamamos laboratorio en Argentina, que es un nombre que odio yo porque me gusta llamarlos compañía de tecnología o farmacéutica, no suele hacer research and development. La gente piensa que la droga es la pastilla. Eso es lo más fácil de todo. Yo te doy la receta cualquiera puede hacer la pastilla. Pero pensar en qué compuesto tiene que haber en esa pastilla y cómo probar fehacientemente que es seguro y eficaz eso lleva años y años y millones de dólares. No existe en la Argentina ese aspecto en el que soy apasionado, porque me parece que crea valor.

— ¿Hay algo del médico egresado de la UBA al moverse en esos ámbitos?

— Obviamente. Es triste que el país me dio tanto, una educación excelente, una cultura… Yo me fui a Estados Unidos en 1987 para volver, nunca pensé que me iba a quedar. El argentino debe ser un innovador, en la Argentina los desafíos son tantos que uno tiene siempre que pensar cómo arreglárselas para que le vaya bien.

El argentino por definición está preparado para el desafío. Lamentablemente, la Argentina no ofrece el resto, que es lo que me dio Estados Unidos a mí, la posibilidad de ser bueno y que el sistema te recompense por ello. Si vos te vas a Estados Unidos y trabajás bien te ofrecen oportunidades y te hace sentir valorado. Ese es el problema, eso es lo que le falta al país. La Argentina me formó muy bien.

— Hay un debate sobre si debe apoyarse o no la meritocracia, ¿qué posición tiene sobre eso?

— Las sociedades deben premiar el esfuerzo, sin dudas. Y yo creo que dentro de lo posible hay que dar las mismas oportunidades a todo el mundo. Totalmente lo creo. Hay que creer en la meritocracia. Por ejemplo, en Estados Unidos que las universidades más prestigiosas tienen lo que se llama el legado: si tu padre o madre fueron a esa universidad, tenés ventaja sobre los otros para ingresar. Eso me parece totalmente injusto, es perpetuar los privilegios. Por ejemplo, la Universidad de California, que es el mejor sistema público universitario del mundo, en 1983 declaró ilegal ese privilegio del hijo. Para mí eso es un sistema mucho más democrático.

“Las sociedades deben premiar el esfuerzo, sin dudas. Y yo creo que dentro de lo posible hay que dar las mismas oportunidades a todo el mundo. Hay que creer en la meritocracia”

— En la Argentina, por ejemplo, en muchos casos los hijos acceden a empleos estatales de los padres…

— Eso es perpetuar el privilegio. Hay que remezclar las cartas. Si las cartas son siempre las mismas, la cosa no funciona. Hay que creer en la meritocracia pero una meritocracia en donde realmente se les dan las mismas posibilidades a todos. En Estados Unidos, hay mucha movilidad social, hay gente que salió de la nada. Pero no hay que evitar que permanezcan esos privilegios que se han anquilosado. Uno de mis proyectos es trabajar en lo que en EEUU se llaman los community colleges, universidades públicas, para que gente sin recursos puede acceder a una educación. Me gustaría más ser profesor allí que en la Universidad de Harvard. El que puede ir a Harvard no me necesita.

— ¿El argentino tiene algo especial a la hora de emprender?

— Yo creo que lo ha tenido. El país culturalmente creaba gente muy capacitada, no solo en lo académico sino en resolver problemas. Porque a la larga la vida es eso, cómo resolvemos problemas. La Argentina te preparaba para eso, acá no son fáciles las cosas. En Estados Unidos ves gente más rígida, no están acostumbrados a tener que lidiar con tantas complejidades.

— Para el emprendedor eso es bueno.

— Es buenísimo. Pero el gran problema son los recursos económicos. Hace falta capital para el emprendedor. Las ideas son gratis. Lo que importa es qué hacés con esa idea. No hay nada nuevo en el mundo. Si crees que pensaste algo, seguro que alguien ya lo pensó antes. Lo que le falta a la Argentina es el acceso al capital para poder crear esa empresa. Estados Unidos, en ese aspecto, es todavía el mejor país del mundo, hay enormes fuentes de acceso a capital de riesgo. El capital es enorme.

“El Covid-19 fue un milagro, pudieron hacer la vacuna en un fin de semana, porque sabían cómo presentarla. Fue el resultado de mucha gente pensando y haciendo cosas durante mucho tiempo” (Reuters) (Dado Ruvic/)

— ¿Cómo ve que, al mismo tiempo, la Argentina generó 10 unicornios en los últimos 20 años pero no pudo salir del estancamiento económico? ¿Qué análisis tiene de eso?

— Hasta hace 50 años, la Argentina no tenía comparación con otros países de la región. Tiene dos premios Nobel científicos, no hay país en América Latina que tenga eso. Estamos hablando de un país que empezó mucho mejor que los demás y ahora cada vez nos parecemos más a ellos. Todavía existe una presencia intelectual de todo ese pasado. El problema es que nos la creímos. Nos la creímos. Hoy la sociedad argentina no es pujante, no la definiría así. Diría, por ejemplo, que Chile, inclusive Colombia, son sociedades pujantes, pero no la nuestra.

— ¿Qué es lo que falló?

— Nos creímos que ya era suficiente. Entonces no seguimos con hambre, el hambre de éxito, de seguir adelante, de mejorar, de crear. Eso es fundamental para las sociedades. Hay además elementos estructurales de cómo funciona la economía con respecto al Estado, que el Estado es como la vaca que le da de comer a todos. Eso hace que achanches y que haya menos deseo de realmente mejorar, crear, innovar y crear cosas.

¿Cómo puede ser que la Argentina, con su valor intelectual, no sea líder en varias industrias? Tenemos ingenieros, físicos, matemáticos extraordinarios. Y no lo hemos hecho. El individuo no es el problema, es que como sociedad nos quedamos sin darnos cuenta de que hay que seguir creando valor.

— ¿Hay un lugar para la Argentina en la revolución de la biotecnológía?

— La biotecnología es una industria muy difícil. Siempre digo que los que invierten en biotecnología están locos porque invierten en una idea científica que, para transformarse en un tratamiento, tal vez precise 10 años. Y son 10 años hasta que puedas tener un dólar de revenue. Estamos hablando de un tipo de capital que tiene que estar muy cómodo con el riesgo. El que invierte en biotecnología no puede hacerlo en una compañía, tiene que hacerlo en 20. ¿Por qué? Una puede funcionar, dos más o menos, y el resto nada. Entonces tenés que tener un portfolio en el cual la empresa que funciona paga todo el resto.

“Hasta hace 50 años, la Argentina no tenía comparación con otros países de la región. El problema es que nos la creímos”

— ¿Qué rol tiene el Estado en ese juego?

— Al Estado siempre le faltan elementos de entrepreneurship del sector privado. No me parece que el Estado decida quién recibe dinero, es complejo. Cuando fundé JLabs, un sistema de laboratorios para que la gente pueda empezar sus compañías, hicimos un sistema competitivo. Creo que el Estado puede iniciar algo pero es difícil que pueda mantenerlo y tomar decisiones.

El estado de California armó un fondo para apoyar estudios de células madre, porque se consideró que por razones bioéticas era mejor que esté en manos del estado. Eran USD 4.000 millones. Fue un desastre, le dieron los fondos a los amigos a compañías que no iban a ningún lado.

— ¿Cómo explicaría que es el fondo Flagship?

— Es un fondo de inversión de riesgo focalizado en biotecnología, tal como hay otros en el mercado, dedicados a inversiones semilla o serie A. Están involucrados en crear empresas y desarrollarlas. La particularidad de Flagship es que en la serie A es el único inversionista y muchas de esas compañías, de altísima calidad, las crean dentro de una incubadora propia que tiene sus propios laboratorios. Moderna fue una de esas compañías.

— ¿Y cuál fue el rol de Flagship en Moderna?

— Flagship se dio cuenta que el ARN mensajero tenía potencial terapéutico y entonces hizo estudios y trajo algunos investigadores que tenían esas ideas, armó la empresa, y a partir de ahí se trabajó por mucho tiempo. No es que salió todo de un día al otro. Además, en Moderna ni se imaginaban que iban a hacer vacunas, estaban tratando de hacer otras cosas.

“El capital de riesgo que alimenta la industria de la biotecnología está golpeadísimo”

— ¿Y se metieron en vacunas con la aparición de la pandemia?

— No, venían trabajando en muchas cosas diferentes, entre ellas vacunas contra enfermedades infecciosas y otros trabajos en evolución. Lo que hizo la gran diferencia es que tuvo una relación con Merck donde hacían vacunas personalizadas contra el cáncer. En 2020 se dieron cuenta que lo que ya usaban para otras enfermedades podía darles inmediatamente la vacuna. Efectivamente, en un fin de semana diseñaron la vacuna y a las tres semanas tenían la vacuna en la mano. Eso fue lo increíble.

— ¿Con la crisis financiera, la revolución de la biotecnología puede frenarse?

— La biotecnología está pasando un momento dificilísimo con la caída de los mercados. Es una industria de alto riesgo, con inversión a largo plazo. Cuando la tasa de interés era el 0,3% anual todos querían invertir. El dinero no valía nada. Hoy es todo distinto y más complicado. Los cambios del mercado trajeron un shock al sistema. Hay compañías públicas que han caído entre el 60% y el 80% en valuación. El capital de riesgo que alimenta esta sistema está golpeadísimo.

— La pandemia fue una situación única en todo sentido. ¿Dejó algún cambio en el vínculo entre el mundo de la salud y el de los negocios?

— Es una pregunta interesante porque la industria de la biotecnología salvó al mundo. Imaginate si no hubiéramos tenido vacunas. Hace 40 años que estamos tratando de tener la vacuna contra el HIV y no la tenemos. Lo mismo pasa con el virus sincitial respiratorio. El covid fue un milagro, pudieron hacer la vacuna en un fin de semana, porque sabían cómo presentarla. Haber llegado a la vacuna fue el resultado de mucha gente pensando y haciendo cosas mucho tiempo. Moderna no inventó la vacuna, aplicó lo que otra gente había aprendido. Podría pensarse que la biotecnología se haya prestigiado más y que ahora la gente entiende por qué es valiosa. Pero no ha sido así. Creo que en un momento al principio pasó eso, pero ahora estamos en el mismo lugar que antes. La gente se olvida muy rápido.

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