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Antes que izquierdas o derechas se impone el valor de la defensa de lo propio

Acto de Cristina Kirchner en La Plata (STRINGER/)

Llevamos muchos años de fracasos, casi cinco décadas. El dato es preciso e indiscutible y se sostiene desde la última dictadura. Duele la caída, esa terrible sensación de transcurrir sin salida. Se volvió un lugar común el hecho de dar por superada la noción de izquierda y derecha, en gran parte como resultado de aquel decretado “final de la historia” pontificado por el simplificador Francis Fukuyama. Antes solíamos recurrir a una manera sencilla de explicarlo, frente a un problema referido al orden o a la justicia, las derechas priorizan el orden y las izquierdas la justicia. Hoy las pretendidas izquierdas se abrazan a las prebendas del Estado mientras las derechas imaginan una mezcla de anarquismo y libre comercio que les permite acumular ganancias sin hacerse cargo de los daños sociales que generen. Por un lado, se enfrentan los grandes grupos financieros con las naciones, donde queda de sobra claro que la identidad de los países fuertes no está dispuesta a permitir el avance de los negocios sobre sus consolidadas historias nacionales. Rusia transita entre la violencia y el delirio, mientras la invadida Ucrania le enseña al mundo que la pertenencia patriótica sigue siendo más importante que las riquezas bancarias. Frente a esta guerra los cultores del materialismo economicista se quedan sin argumentos.

Hay todavía pueblos que tienen su dignidad muy por encima de su individualismo y entregan sus vidas por ideales. Ese patriotismo que vemos presente en los países hermanos, ese es hoy entre nosotros el elemento ausente que deja nuestro presente en un duro sinsentido. Antes de ser izquierdas o derechas se impone el valor central de la defensa de lo propio. Imaginar que da lo mismo que una empresa sea nacional o extranjera es el fruto de una enfermedad con disfraz de ideología que nos atacó con el último golpe. Hay frases que marcan esa dependencia mental contra la cual todavía no encontramos una vacuna. Aquella frase “es lo mismo acero que caramelos” surgida para devaluar nuestro digno desarrollo industrial, o “relaciones carnales” gestada para ennoblecer la dependencia o la más lamentable expresión, “que los científicos vayan a lavar los platos” creada para quitarle valor a nuestro meritorio desarrollo científico; todas, distintas nociones de colonialismo expresadas por individuos que imaginan la vida como un viaje cabalgando una tarjeta de crédito.

Ser liberal es algo respetable, es lo opuesto al desarrollo sin límites del egoísmo. Días pasados alguien escribió una nota que me involucra, un personaje al que solo defino como discípulo de José Luis Sebrelli. Desarrollaba su tesis en torno a la supuesta historia del Santo Padre, todo desde un Sebrelli que escribió un libro contra el fútbol, otro contra la religión y ni describe su concepción del amor humano. Lo absurdo de estos supuestos liberales es la excesiva cuota de fascismo, visión autoritaria que los lleva a pensar que sólo su individualismo es digno de respeto. Uno puede valorar las diferencias, otra cosa es soportar en silencio la descripción falseada a manos de personajes cuya imaginación y desconocimiento de las vivencias ajenas se animan a publicar. Escribir contra el fútbol es, para mi gusto, patético, un modo de no entender ni aceptar la elección de los otros que no compartimos, especialmente de alguien que no eligió mi idea de la vida. Respetar mi religiosidad y mi pertenencia política sería un gesto de verdaderos liberales quienes jamás pondrían por delante opiniones que son los vicios del peor egoísmo. El patriotismo es un sentimiento colectivo, quienes se sienten ciudadanos del mundo, allá ellos, lo inaceptable es tratar de convertir sus limitaciones en obligatorias. Se puede ser creyente o ateo, radical, peronista, liberal de verdad pero de los que no se creen superiores a nadie.

Hay más ejemplos, aparecen de pronto los ecológicos, te imponen el culto a los humedales y la idea de que los salmones hay que comprarlos a los que quieren producir. Gente rara, luego están los que descubrieron el mal del patriarcado, tema que los griegos no habían percibido. Luego los cultores del género, que te obligan a cambiar hasta el lenguaje. Sin dudas, se los ve desarrollando ideas basadas en la libertad y la amplitud. El imparable crecimiento de la pobreza y la impunidad de la corrupción, esos dos temas parecen ser demasiado dañinos y reales como para animarnos a enfrentarlos.

Estamos rodeados de una izquierda abrazada a los cargos y una derecha convencida que debe terminar con el Estado. Anarquistas ricos que crearon miles de desocupados al quedarse con todo y ahora no los soportan ni con los impuestos. Pero vale recordar que la política es un arte y como tal transita la grandeza y las miserias de la totalidad de lo humano. Observamos una historia con miles de vidas sacrificadas que ni siquiera logra arribar a un punto de mutuo respeto y conclusión compartida. Perón es inexplicable desde Menem y Kirchner, tanto como lo es Alfonsín desde un radicalismo dependiente de Macri o una izquierda marxista o guerrillera que no esté dispuesta a una imprescindible autocrítica.

Vivimos una patética decadencia de ideales y hombres dignos de enseñar con el ejemplo. Demasiado dolor arrastran los caídos como para soportar la vulgaridad de los logreros. El peronismo no puede desaparecer en manos de la distorsión del kirchnerismo y sus absurdas pretensiones de izquierda. Los radicales no pueden terminar arrastrados por las limitaciones ideológicas del Pro. No podemos detenernos en el pasado, tampoco negar su riqueza frente a las miserias de los personajes que hoy se imponen a puro dinero. Hay jóvenes que emigran, duele, otros que se acomodan a la coyuntura sin ser capaces de cuestionarla, duele más todavía.

Vendrán quienes abracen la historia y la conviertan en digna de ser recordada, que la limpien de pequeñeces y negaciones. Se viene el regalo de la naturaleza, el gas y el litio nos pueden devolver la independencia económica, esa que los que se ocupan en endeudarnos y fugar capitales jamás valoraría. Devolvernos un futuro es el mayor y más digno desafío para una nueva generación de políticos. Primero deben amar su patria, luego, predicar con el ejemplo y ni siquiera intentar enriquecerse a partir de la política y finalmente, enamorarse del sueño de trascender, de ingresar a la historia a través del amor de su pueblo y no a causa de la pequeñez y las miserias de las riquezas personales. La política es para soñadores hoy en manos de personajes menores. Cuando la historia nos devuelve los instrumentos, los jóvenes deben asumir el desafío y revivir el sueño de nuestros mayores, que muchos de ellos vinieron a “hacer la América”. Mis abuelos inmigrantes soñaban con “mi hijo, el Doctor” y con sus nietos les regalándoles el orgullo de “mi nieto, el político”. Trascender y extenderse es mucho más que acumular, implica el desafío de devolverle sentido a la vida.

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